Navidad 2013

José Luis Sierra Cortés

A lo largo de la historia la iconografía del ciclo navideño se ha desarrollado en tres momentos: la ida a Belén, el Nacimiento, y la adoración de pastores y magos, seguida de la matanza de los inocentes.

La libre imaginación popular envolvió la escueta descripción del Nacimiento (Lucas, 2,8) con un sinfín de prodigios. Basta leer la Legenda aurea para hacerse una idea: el milagro de los tres soles, el hundimiento del templo de la paz, la aparición de una estrella a la Sibila y al emperador Augusto o la fuente de aceite que se derrama en el Tíber. En cuanto a la iconografía del tema hay que resaltar la enorme influencia de los evangelios apócrifos. Así encontramos en el portal la presencia de las dos parteras, una creyente y otra incrédula; el castigo, perdón y sanación de esta última; la presencia del buey y el asno etc., etc.

De la criba teológica de todos estos datos fantásticos sólo se escaparon, como apunté en otra ocasión, el buey y el asno. Se desvaneció asimismo en el olvido una antigua tradición sirio-bizantina que representaba el parto con dolor, seguido del lavatorio del Niño.

Pero antes de que el Quattrocento italiano nos familiarizara con la ternura de la madre que adora a su hijo colocado en una cuna, imagen habitual de nuestras tarjetas de felicitación, en el esplendor de la Edad Media se impuso una representación del nacimiento, más bien seca, que resaltaba el sentido mistérico de la salvación por el sacrificio de Jesús. La exégesis puso en juego los sentidos histórico, alegórico, tropológico y anagógico. Donde Lucas dice que se coloca al Niño en el pesebre, la Glossa dice: «id est corpus Christi super altare» («Es decir se pone el cuerpo de Cristo sobre el altar»). Y así lo vemos en la imagen adjunta. No estamos en la gruta; las cortinas se abren y dejan ver la lámpara del templo y al Niño colocado sobre un altar. (Hay otras representaciones semejantes, coronada por una cruz). Aunque el parto sea sin dolor, María permanece echada, según la antigua tradición iconográfica. José medita o dormita (aquí podría decir con humor Ô qui dira les torts de la rime?).

Parece incuestionable que el autor e esta modalidad iconográfica es el monje benedictino, Walafried Estrabón, lumbrera polifacética de la época carolingia, que lo mismo hacía versos que escribía de botánica, teología o filosofía, siendo su Glossa ordinaria uno de los textos más importantes de la Edad Media.

¿Por qué he escogido esta imagen para felicitar la Navidad? He deambulado por las calles de Madrid. Tristona la Castellana con lucecitas sobre sus árboles. Tirabuzones de luz, más bien colgajos, en la Plaza Mayor. Pero iluminación espléndida sólo en las áreas más comerciales de Serrano, Velázquez y Goya. ¡La alegría navideña reservada a la zona elitista y comercial! No necesito comentar más este derroche de luz, descolocado en tiempo de crisis. Ante tal iluminación que me atosiga a esquivarla me digo con fray Luis «que todo lo visible es triste lloro». Pasearé por calles oscuras intentando ver alguna estrella. Sé que «no hay mal que por bien no venga». La crisis es mortal: la alegría, no. Fijaos, en la esquina superior derecha de la vidriera hay un sol. La tradición ha querido colocar la Navidad en el solsticio de invierno, cuando los días empiezan a crecer. A gozar de la luz y de la alegría de ese sol que es el Niño, el Dios con nosotros, os invito, volviendo a fray Luis y cambiando «coro» por «foro»:

A este bien os llamo, gloria del apolíneo sacro foro, amigos a quien amo sobre todo tesoro; que todo lo visible es triste lloro.